
Pensé que estaba en Cartagena de Indias, cuando llegué a Bogotá. El sol había cumplido con su cometido de sonrojar a muchos y por eso la gente andaba tranquila, incluso con ese ritmo en las caderas del que tiene todo el día para dejar pasar por el mismo lugar y dejar la calle honda.
Sin embargo, al otro lado de la calle los grandes edificios hacían la sombra que le salva la vida a muchos. Y allí los empresarios salían en su hora de almuerzo a algún lugar cercano. Detrás, salían los empleados con caras de gran, mediana, pequeña o diminuta felicidad.
Pensé por un segundo qué sería de mi vida si hiciera justo lo contrario a lo que me hace feliz. Qué sería de mí si tuviera que despertarme cada día a repetir las mismas cosas hasta llegar a hacer una fotocopia de mí mismo. Pero la pesadilla terminó cuando recordé que era un viajero y que mi pasión era precisamente viajar. Fue entonces cuando valoré que viajando aprendí a contar historias y a contagiar a algunos tantos.
Empecé solo, recibiendo viajeros en mi casa y poco a poco fui pensando en la idea de tener mi propio negocio de hospedaje. Pero sin duda, embarcar a otros es difícil: los tienes que enamorar de aquello que a ti te mueve y empezar a navegar sabiendo que aún aquellos que aceptaron entusiastas se pueden quedar atrás.
Por eso escribí unos cuantos clasificados, tratando de cautivar a muchos, pero con la idea clara de no crear falsas expectativas. Lo que escribes te puede condenar o salvar y de paso lograr el mismo efecto en otros. Pensar que detrás de ese anuncio podía haber cientos de personas sin empleo, que podrían aceptar seguir mil locuras y pasar sus siguientes años preguntándose de qué tamaño es su felicidad a mi lado… (como yo lo hacía frente a los altos edificios de Bogotá)
Gran motivo para escribir muy bien y saber dónde poner ese conjunto de simpáticas letras (sin duda un gran motivo). Y así fue como trabaje todo un día e intenté buscar los mejores lugares para la publicación del anuncio. Como siempre, en inglés y en español para poder dialogar con más de un mundo. Por lo demás sólo restaba esperar…
Después de 20 minutos de sombra regresé a disfrutar los regalos del sol bogotano y pensé, ya llevo 5 días viajando… Suficiente para sentir que ya estoy más allá que acá y sentir mis pies algo cansados, pero decididos a seguir luchando hasta el final. Ya lo había aprendido en mi recorrido: lo más difícil no es llegar al destino sino saber andar.
Recordé entonces al final de ese día a todos y cada uno de los que me han acompañado en este viaje y les dediqué a ellos lo que faltaba para regresar a mi destino. Si algo es cierto es que nada soy sin ellos y que el éxito del viaje ha sido conocerlos en este contexto donde el tiempo se confunde entre las horas y el día y la noche se vuelven una misma cosa.
Por eso y por más me dispongo a ir a su encuentro para celebrar lo que hemos logrado y lo que falta aún por lograr.
No importa qué pasé, ya hemos ganado.
Yo lo supe en aquella tarde soleada cuando los grandes edificios me dieron la respuesta. Soy de aquellos afortunados que han pasado su vida inmensamente felices (y no sólo a la hora del almuerzo).





